CANARIAS, ESCAPARATE SIN MEDIDA
La actividad económica del turismo se vuelve cada vez más omnipresente en Canarias. Bien es sabido que pasamos desde un turismo anclado principalmente en las urbanizaciones turísticas tradicionalmente establecidas en el sur de Gran Canaria, Maspalomas, Playa del Inglés y Costa de Mogán; el sur de Tenerife, Playa de las Américas, Costa Adeje y Los Cristianos más el núcleo norteño del Puerto de la Cruz; en enclaves concretos del sur, centro y norte de Fuerteventura, Morro Jable, Caleta de Fustes y Corralejo y de Lanzarote, Playa Blanca, Puerto del Carmen o Costa Teguise, con un alojamiento en forma de hoteles y apartamentos principalmente. Esta etapa venía dada por la prevalencia del turismo de sol y playa con poca permeabilidad a otros espacios insulares salvo visitas organizadas a elementos emblemáticos en cada isla.
En la actualidad esto ha cambiado de forma evidente con la turistificación de todo el espacio insular y la generalización del alojamiento en forma de vivienda vacacional que permea a todo el territorio incluso en barrios populares con el efecto de reducir las viviendas disponibles para alquiler de larga duración y el encarecimiento de las disponibles.
Todo ello da lugar a un aumento descontrolado de la afluencia turística lo que deja sensación, en todos los espacios, de saturación.
En esta línea, si paseamos por diferentes entornos vemos que se han convertido en un escaparate, sin vida, salvo lo que está al servicio del turismo. Por supuesto, con los horarios turísticos y la atención preferente a las personas turistas. Esto coincide con la pérdida de actividades económicas comunitarias no vinculadas al turismo y de servicio a la población local así como la dedicación creciente de viviendas a la actividad turística. Todo en una continua redundancia.
La situación de escaparate se aprecia con más intensidad en algunos espacios. Seguro que todas las personas tenemos en mente algún espacio, o varios, que funciona como escaparate. Pondré dos ejemplos.
Primero, el caso de Tejeda, en Gran Canaria, víctima de una "escaparatización" (discúlpeseme por el término) muy intensa con marcas como "pueblo más bonito" o la campaña de una marca de chocolates en las pasadas navidades. Visitar Tejeda es como visitar un poblado de cartón piedra, cada vez con más intensidad, en beneficio del todopoderoso turismo y en una pérdida de su identidad. Hasta las celebraciones más tradicionales como el almendrero en flor, que ni siquiera se denomina así, se ven empañadas por la terrible masificación. Afortunadamente algunas intervenciones extremadamente lesivas para el patrimonio no se han llevado a cabo hasta el momento aunque es de temer que en el futuro quizás no tan lejano vuelvan a la palestra ante el deseo de crecimiento infinito que sufrimos.
Otro ejemplo es el barrio histórico de Vegueta, en Las Palmas de Gran Canaria. Desalojadas en gran parte las celebraciones populares de sus calles se va consolidando como espacio dormitorio y escaparate turístico masificado sin vida comunitaria ni actividad vinculada a ella con la desaparición de las últimas actividades no turísticas en calles como La Pelota o Lentini, justo al otro lado del Guiniguada. Persiste, sin embargo, el mercado sin sufrir aún el cambio de orientación que sí sufre el mercado del Puerto.
Con estos dos ejemplos, y otros muchos que puede constatar cualquier persona, se observa que la actividad turística está claramente sobredimensionada, además de que no sirve al bienestar de la población canaria. Esto viene claramente definido a través de la Encuesta de Condiciones de Vida del INE en la que el 31,2% de la población canaria se encuentra en situación de pobreza o exclusión social, más de 700.000 personas, con un 9,3% de la población con carencias materiales y sociales severas.
Por todo ello, este modelo económico extractivo de rentas que no es útil a la población canaria, es fuente de masificación, saturación del medio natural y urbano, empobrecedor para las mayorías y disolvente de la cultura y la sociedad canaria.
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